miércoles, 21 de julio de 2010

La presencia de lo ausente


A veces suceden estas cosas. Son torpes “actos fallidos” que ilustran, con erudición irrevocable, las tesis de los prestigiosos “gurús” diplomados que tan de moda están entre las víctimas del estrés y los tributarios de la “depre”.

Unas veces, extraviamos las llaves, o las perdemos como dicen las chicas, añadiendo al suceso un dramático matiz fatal, irreparable, inefable, definitivo y patético. Porque no es lo mismo perder el permiso de conducir que perder la virginidad, independientemente del valor que demos al tropiezo. Así es que, en ocasiones, las cosas huyen o se ocultan de nosotros sin que acertemos a entender los motivos de la súbita desmemoria.

Otras veces derramamos el vino al escanciarlo o vertemos el agua porque el borde del vaso se halla dos milimetros a la derecha o un dedo por debajo de donde creíamos, dando testimonio de una torpeza que detestamos y que algunas mujeres de nuestro entorno se encargan de subrayar con comentarios tan candorosos e inocentes o tan mortificantes e insidiosos como: “¡Mira que a tu edad...! Eres como los niños. No puedes concentrarte en dos cosas al mismo tiempo”.

Pero hay comportamientos que ponen de relieve otras torpezas, como cuando el error conduce a un accidente o una avería. No hace mucho, en el duermevela desvelado de la tórrida siesta de julio, dí un manotazo al minúsculo transistor que yo prefería por su historia, su claridad y su nitidez. ¡Zas! Y el discreto receptor perdió la voz.

Me sobresaltó el silencio, como sobresalta el barrunto de la nada.

A un amigo puede acallarlo el desencuentro de la distancia; a una amante la pérdida de la fe, y a un familiar la interferencia de la muerte, que es la forma radical de soledad. Así es que, como decía Heidegger, la carencia nos hace despertar al vacío de la Nada, y el No-Ser a la presencia del Ser. (¡No podía resistirme a una formulación acaso poco novedosa, pero sí tan brillante y tan “aguda”, como decimos en Aragón!)

El caso es que el No-Ser, que es el silencio, la soledad y la ausencia, me alertó del cambio de realidad. Desperté, me debatí entre las brumas de la consciencia y hallé el pequeño ingenio caído al pie del sofá.

Ni que decir tiene que intenté “reanimarlo” apelando a mis escasos recursos para estos casos que reclaman la mas compleja tecnología, a saber: lo moví, lo agité, lo ausculté, lo conmuté y desconmuté varias veces, lo aporreé, lo golpeé, y no puedo asegurar que no le animase con incitaciones estimulantes como “¡Venga, venga, cabrón!” Aunque de ello no guardo plena conciencia.

Nadie que me conozca ignora mi torpeza mecánica. Mi amigo Enrique Vicente Izquierdo, que no era tampoco un prodigio de habilidad, me apodaba socarrón “El Capitán Garfio” Sea. Lo acepto. Pero no me resigno a aceptar el dictámen del Vendedor de Artefactos Audiovisuales. “¡Bah, no se caliente la cabeza: tírelo y compre otro por ese dinero!”

No rechazo tales propuestas por tacañería. Soy tan poco avaro como habilidoso. Pero me parece insultante, y más ahora, desdeñar una máquina a la que no le falla más que un punto de soldadura, condenándola a la miseria infinita de lo inservible. Todos los objetos y las cosas poseen un valor que las hace estimables en tanto que “útiles”. Los sagrados "útiles" del existencialismo alemán.

Por eso las máquinas, los enseres, los cachivaches y las cosas baladíes poséen su propia dignidad. La dignidad del Ser.

Hasta el modesto transistor, que el Consumismo menosprecia porque es barato, posee un valor irrepetible.

El transistor caído a los pies del sofá también es un ser. Como el que ocupaba las reflexiones de don Martin Heidegger.



Darío Vidal
21/07/2010


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