martes, 14 de diciembre de 2010

Una deuda de tres siglos


En 1704, la Armada británica, secundada por la casa de Hannover conquistaba Gibraltar para el archiduque de Austria, que pugnaba contra los Borbones por la Corona de España en la Guerra de Sucesión. Han pasado más de tres siglos. Los mismos que lleva “La Thesorera” sin “ser descubierta y vengada de las injurias del tiempo”, faltando al proposito de su autor, el alcañizano Pedro Juan Zapater, notario de número y secretario de la ciudad, que acometió el empeño en obsequio de los señores jurados, Capítulo y Consejo de la Ciudad. Y de las personas inquietas y entonces nonatas como Javier Zardoya que llevan trescienos años esperando.

Acababa de granar la floración humanística alcañizana de los siglos XVI y XVII, en que sus regidores fueron capaces de sufragar becas para estudiantes de la ciudad en la Universidad de Bolonia y de vender carretadas de trigo para editar los libros de poemas latinos de Juan Lorenzo Palmyreno. Y, paradójicamente, un siglo después, --el llamado de las Luces--, sus ediles se negaron a editar un libro como “La Thesorera”, no dedicado al lucimiento literario de un lírico, sino al relato del discurrir histórico de toda una ciudad. Decididamente algo había cambiado radicalmente en el sentir de la comunidad. Y esa actitud anunciaba su decadencia.

Lo peor es que, en los albores del XXI, aquel relato, ahora ingenuo en ocasiones pero lleno de vigor, continúe inédito. Incluso después de que, a mediados del XX, algunos ciudadanos tuviesen el empeño de traducir su texto del pulido latín en que se hallaba, al doméstico español de panllevar. Alguien desdeñó aquel plausible empeño, alejando también el nuevo texto del comercio común de los mortales. Y así se consumó el contradiós de que un conspicuo latinista de la Bética vetase la versión que otros habían elaborado, condenando por segunda vez a la “Thesorera” a no ser “descubierta y vengada de las injurias del tiempo”.

“La Thesorera”, para quien no alcance a interpretar este soliloquio, es la historia de Alcañiz que dejó manuscrita hace 306 años el notario de número don Pedro Juan Zapater, con el vano propósito de salvarla del olvido, hurtándola a los saqueos, los llamas, la incuria de los propios, la vesanía de los extraños, la culpable ignorancia de los ignorantes y la perversa eficacia destructora de los soldados en todas las guerras. Y hay que contar hasta cinco en estos años entre napoleónicas, carlistas y republicanas.

Ha llegado hasta aquí por milagro, de mano en mano, oculta en sotanos, disimulada en conventos, trasterrada en bodegas, traspapelada en bibliotecas, condenada a una hiriente clandestinidad, con el infame pretexto del escaso peculio, mientras se destruye y deconstruye costosamente la ciudad, como si eso fuera gratis.

Es todo un síntoma. Un mal síntoma.



Darío Vidal
14/12/2010


No hay comentarios:

Publicar un comentario